Hay países que se visitan y países que se comen, se oyen y se sudan. México es de los segundos.
Es un lugar donde se lleva tres mil años sembrando maíz en la misma tierra, donde una lengua indígena todavía se habla en el mercado del sábado, y donde una receta puede tardar dos días en estar lista porque así la hacía la abuela y no se discute. Un país de sesenta y ocho lenguas vivas, de un telar que se amarra a la cintura y otro que se pisa con los pies, de treinta y dos estados que cocinan distinto, se visten distinto y se ríen distinto.
Y sobre todo, un país donde la calidez no es amabilidad de servicio: es una costumbre. Aquí se le habla al desconocido. Se le convida. Se le pregunta de dónde viene y luego se le da de comer aunque diga que no tiene hambre.
Colima es el estado más pequeño y probablemente el más improbable. En hora y media pasas del mar abierto a un volcán con nieve. Desayunas ceviche con el pelo lleno de sal y cenas ponche caliente temblando de frío, el mismo día.
En medio de eso está Comala: un pueblo entero pintado de blanco con techos de teja roja, donde te sientas bajo los portales, pides una bebida y la botana empieza a llegar sola y no para. Arriba, siempre, el Volcán de Colima fumando tranquilo, tan cotidiano que los locales ya ni voltean a verlo.
Y a veinte minutos de ahí, sobre una loma, una antigua hacienda cafetalera del siglo XIX convertida en hospedaje: La Ceiba Blanca. Muros de adobe de un metro de grueso, nueve hamacas bajo el corredor, una alberca de manantial, seis caballos en el establo y una cocina de humo donde manda una señora que no acepta que dejes comida en el plato.
Recibe un solo grupo a la vez. Durante catorce días, la hacienda es tuya.
No es un tour de camión con audífonos. Es una casa, una mesa larga, y ocho personas que en dos semanas van a dejar de ser desconocidos.
Te reciben dos hermanos: Nayeli, que fundó la agencia con la camioneta de su papá y no deja de hablar, y Damián, que va al final de la fila para que nadie se pierda y te va a tomar más fotos de las necesarias. En el camino se suman un mascarero que talla máscaras de animales, una panguera que te va a aventar al mar, una amazona que monta de lado a galope, una vestuarista que decide qué te pones cada día, y una cocinera que ya decidió adoptarte.
Contigo viajan otros dos: una coreana que se queja de todo y no se pierde una sola actividad, y un francés de veinte años que apunta cada palabra que aprende.
Vienes a que te lo den de comer, a que te suban a un caballo,
y a que te digan buenos días aunque no conozcas a nadie.
Holi, gente.
Seré breve: con el nuevo concurso de Tour Mundial quise darme a la tarea de buscar un poco de toda la cultura que hay en mi país, México. Y vaya que me sorprendió.
Espero que les guste. Disfruten descubrir un poco de otra cultura.
PD: ojalá también les gusten las imágenes basadas en la cultura de cada estado, tanto la tradicional como la contemporánea.
Un besito. 🌋
GRACIAS POR PASAR
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Comentarios del creador
Hay un punto del viaje en el que la reservación deja de importar. Suele ser el tercer o cuarto día.
Es cuando ya sabes en qué hamaca te acomodas, cuándo el café está recién hecho, y que si llegas tarde al comedor doña Estela te va a regañar y luego te va a servir doble. Es cuando dejas de tomar fotos de todo porque ya te acostumbraste al volcán, y empiezas a tomar fotos de la gente.
Eso no lo vende ningún hotel. Un país no se entiende por sus monumentos: se entiende cuando alguien te enseña a agarrar bien la gubia, cuando te aventaron al mar y saliste riéndote, cuando probaste algo que picaba demasiado y pediste más.
Aquí no aprendes sobre México. Aprendes a estar en México.
DE SER DE AQUÍ































































