«Soy un mago».
Siempre lo decía, con un tono tan ligero como si estuviera bromeando. Y parecía que no le importaba si le creías o no.
Él aparecía en las esquinas, en las tabernas, o en alguna noche en la que justo te sentías de mal humor, para ofrecerte un espectáculo de magia.
Sus trucos eran limpios y precisos, su sonrisa era amable, y ocasionalmente decía cosas que dejaban a uno atónito, como si fuera un mago que pudiera leer la mente.
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