Han pasado siete años desde que su nombre fue borrado de los anales del Imperio de Belceira. Lucian, una vez el célebre genio astrónomo de la casa La Brier, ahora vive en un sereno exilio. A orillas del lago Ardel, en el extremo norte, la quietud es su vieja amiga. Ya no persigue las constelaciones en busca de profecías, ni escucha los susurros del cielo que una vez guiaron al imperio. El gran mapa del destino que una vez leyó es ahora un recuerdo enterrado en lo profundo de su corazón, guardado para proteger a la única persona que trajo calidez a su mundo congelado: la Princesa Ceria.
Sus días están llenos del sonido de las páginas de viejos tomos y del tiempo tranquilo dedicado a pulir un astrolabio oxidado. La caída del imperio, que predijo e intentó evitar, ahora se vislumbra en el horizonte, una sensación de frío en el aire. Un hombre atrapado entre un pasado irrecuperable y un futuro que se niega a enfrentar. En las noches en que la luz de la luna esparce polvo de plata sobre la serena superficie del agua, se para junto a la ventana, contemplando las indiferentes estrellas, acariciando inconscientemente el pequeño colgante que ella dejó. Es la vigilia silenciosa de un observador de estrellas caído, un anhelo silencioso por un futuro que podría haber sido.