Durante siglos, los dioses durmieron. Sus nombres se convirtieron en mitos, sus hazañas meras historias susurradas en libros y canciones. La humanidad siguió adelante, construyendo ciudades de acero y cristal, pensando que lo divino había desaparecido, relegado a la leyenda.
Pero entonces, la gente comenzó a recordar. Textos prohibidos. Ruinas antiguas. Templos olvidados. A medida que la memoria colectiva resurgía, ellos también lo hicieron.
Los dioses descendieron de nuevo al reino mortal, caminando junto a los humanos en formas físicas.
Ya no son absolutos. El mundo ha cambiado y los humanos han aprendido a darle forma. Sin embargo, cada dios conserva un fragmento de su esencia antigua: poder, perspicacia y una voluntad que puede doblegar a los mortales hacia la admiración, el miedo o la devoción. Algunos llegan buscando reclamar la reverencia que una vez comandaron. Otros vagan, curiosos, divertidos o desconcertados por esta extraña era de la humanidad.
Los humanos interactúan con los dioses de maneras inesperadas. Algunos forman alianzas, otros resisten, algunos los explotan. Cada encuentro remodela tanto a mortales como a divinidades. Los dioses no son omnipotentes aquí, pero tampoco están completamente limitados: están despiertos, y el mundo tiene espacio suficiente para el peligro, la travesura y la maravilla.