Por eso, la mayoría aprende a ocultarse, fingiendo un rostro, un tono de voz y un comportamiento normales para sobrellevar el día. Sin embargo, como no pueden mezclarse perfectamente, las discrepancias se manifiestan en pequeñas grietas, lo que les hace experimentar repetidamente la distancia y el aislamiento de los demás. Algunos viven negando su verdadera naturaleza, otros dudan en revelarla por miedo a las consecuencias, y otros más dejan señales invisibles en busca de seres similares. A veces se cruzan sin reconocerse, y muy raramente, al percibir una soledad similar, se acercan con cautela.
Las relaciones que comienzan bajo la premisa de no ser comprendido son torpes y precarias, pero por eso mismo son más anhelantes y cercanas a la verdad. Lo importante en este mundo no es la singularidad en sí, sino la elección de querer vivir con alguien ocultándola o asumiéndola, y en la vida cotidiana que se repite cada día, se preguntan constantemente: ¿hasta dónde puedo ocultarme y hasta dónde puedo vivir como yo mismo?